viernes, 16 de octubre de 2009

Elegir o elegir, ¿esa es la cuestión?

Se acerca el mes de diciembre y la carrera se acorta para los sin fin de candidatos que por estos días pululan por las poblaciones. Las sendas campañas desarrolladas comienzan a hostigar la tranquilidad habitual.

No queda nada para que las calles se vean abarrotadas de publicidad electoral con promesas al aire y planteamientos falaciosos. Las chequeras de los candidatos han sido explotadas hasta la última gota para asegurarse un puestito en el Congreso y para el ser manda más de la República.

Desde el término de la dictadura de uniforme, a fines de los ochenta, los procesos eleccionarios cada día carecen de mayor atención por parte de los chilenos. Y si eso lo sumamos a la decadencia de los candidatos y sus planteamientos, hacemos una exquisita mezcla de putrefacción electoral. La carencia de ideas y calidad en las propuestas dan cuenta de lo malo del sistema político chileno.

Muchos apelan a la falta de participación de los jóvenes o a la caída de inscritos en el padrón electoral. ¿Y qué esperan estos señores candidatos si la farándula política pertenece a un sitial lejano para el común de los mortales? el actual sistema político chileno (excluyente, sectario y megalómano) no da cabida para que los electores participemos activamente en la toma de decisiones. Al contrario, el sistema democrático en Chile es entendido como el mero acto de ir a votar y elegir un “representante” que, finalmente, termina por representarse a sí mismo, a su partido y a su gobierno.

Los espacios de participación reales, en donde se pueda criticar sin ser apuntado o cuestionado, no existen en este terreno. Se nos ha hecho creer que la democracia consiste en elegir personas para que velen por nuestros intereses, sin embargo, lo que menos se discute en el congreso son los problemas de la gente. Esto suena a mensaje fascistoide, pero en definitiva es la pura y santa verdad.


Lo que se requiere en estos días es abrir un debate que sea capaz de cuestionar la realidad aparente, que se auto diagnostique en función de sus carencias y que sea capaz de proponer una salida coherente con los tiempos en que vivimos. Hoy, hay un valioso giro en la mirada de gobernar en América Latina, un punto de vista que asume que la participación no se remite, exclusivamente, al acto de elegir, sino que tiene que ver con ser sujeto activo en las transformaciones sociales que se requieren para cambiar el rumbo neoliberal.

Por lo anterior, es que hay dos cosas que me empelotan en tiempos de elecciones: el payaseo de los candidatos con sus caras de maricones sonrientes (guardando mis respetos hacia quienes tienen una opción sexual distinta) y la sistemática “vendía” de poma.

Es tiempo de elevar el debate, dejar atrás el oportunismo y empezar a pensar en que necesitamos otro chile. Aún hay temas pendientes y vaya que son fundamentales. Necesitamos una nueva constitución, una reforma tributaria, generar espacios de participación efectivos, terminar con la exclusión, avanzar en verdad y justicia y establecer lazos conducentes a una integración verdadera con nuestros vecinos progresistas. El tema no es elegir por elegir, más bien necesitamos apoderarnos de todo espacio posible para levantar la voz y mostrarles a los candidatos que no estamos muertos y que no somos giles.

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